Felicitas Guerrero de Álzaga era hermosa, adinerada, y joven. Ella se casó con Martin de Álzaga y a los 26 años enviudó.

Sin hijos, ya que uno murió a los 6 y el otro nació muerto, y sin esposo, su historia quedo marcada por la tragedia.

Asediada por los pretendientes, se decidió por uno de ellos. Otro, al verse rechazado la asesino de un disparo.

Para conmemorarla, sus padres construyeron un templo para recordarla, en Barracas. Es una iglesia del Gobierno Porteño llamada Santa Felicitas, donde se la escucha llorar por las noches, ante la maldición del pretendiente.

 A Felicitas le prometió “Matarla una y mil veces”, por lo que cada 30 de enero se pasea por su iglesia, mostrando su tristeza por no poder traspasar este mundo.

En ese templo, se dejan pañuelos o cintas blancas atados a las rejas, para simbolizar el amor. Al otro día, esos aparecen mojados, según la leyenda, por las lágrimas de Felicitas. Lo que es seguro, es que no mucha gente quiere casarse en esa iglesia.