Nunca me gustaron las necrológicas de periodistas sobre periodistas. Las respeto. Pero no me gustan. Acepto hacerlo porque esta vez es distinto: soy un periodista que va a escribir sobre un maestro.

Fuimos toda una generación de periodistas que creció profesionalmente bajo el ala de Julio Blanck. Trabajé 18 años con él en el diario. Un año más en Código Político. Más de la mitad de mi vida profesional lo tuve adelante, detrás y por los costados.

Julio era pura desmesura (y lo escribo sin problemas porque se lo dije muchas veces).

Estallaba en dos minutos cuando algo no andaba bien (“¡Sos un gitano!, ¡Sos un gitano!”, me gritó una vez en medio de la redacción). Al minuto, se arrepentía. Y medio minuto después venía a pedir disculpas. “Lo que pasa es que yo le pego en las patas a los bueyes que aran”, nos dijo muchas veces sin medias tintas.

Puedo contar mil anécdotas con él. Desde aquella noche que tuve una exclusiva en pleno caso Yabrán, pero muy tarde en la noche. Era la una de la mañana. Yo escribiendo en mi escritorio y viéndolo a él en su oficina, revolcándose en la silla, corrido por el cierre de la edición. De golpe verlo levantarse, venir caminando lentamente hacia mí (como si fueran las 5 de la tarde y con el tono de voz de alguien que te va a invitar a tomar el té), para decirme: “Vos, tranquilo. Hacé una buena nota que a nadie le importa el cierre del diario”. O el día que renunció Carlos ‘Chacho’ Álvarez, vicepresidente de la Nación, y yo, nervioso le pedía “dame alguna consigna”. Julio me miró fijo y me respondió: “Hace lo que sabés hacer. Hacé periodismo“. Y publicó esa nota sin tocar un punto ni una coma.

También puedo contar otras anécdotas, más triviales, como aquella vez que operaron a mi perro, le dije que necesitaba tomarme el día y con su habitual desmesura me respondió: “¡ Pero yo no puedo decir en la Oficina de Personal que te voy a dar el día porque operan a tu perro. Andate, andate. Ya voy a inventar algo”.

Lo ví por última vez hace unos 20 días, fue una charla apacible, serena. Conmovedora.

La enfermedad le estaba pegando duro en el cuerpo, pero él seguía siendo el Julio de siempre. Inmenso. Irrefrenable. Era obvio, solo lo pudo frenar la muerte.

Yo creo, sinceramente que hoy deberían parar todas las rotativas del país por cinco minutos. Total, los lectores no van a enterarse. Pero él, sí.

*El autor es periodista



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