La estrategia del gobierno de minimizar el impacto de la crisis con una alegoría meteorológica no surtió efecto. El temporal se está extendiendo más de la cuenta y por estas horas se vuelve a hablar del “riesgo país”. Mauricio Macri apuesta todo al FMI, cuyo altruismo sólo habita en alguna mente afiebrada de la Casa Rosada ¿Su objetivo? Lograr un desembolso anticipado que no será gratuito: a cambio el organismo de crédito impondrá una exigencia fiscal mayor que se traducirá en más ajuste.

Hasta ahora la promesa de un “Fondo Monetario salvador” no pudo ni atemperar el vendaval económico. Los mercados le dieron la espalda a un anuncio que cualquier equipo de comunicación sensato hubiera dejado en manos de un ministro, que siempre es un potencial fusible.

Sin embargo, haber expuesto al mandatario el miércoles, mendigando una confianza que la especulación financiera le negó, terminó debilitándolo, y expandió como una mancha de aceite la ola de rumores sobre cambios de gabinete.

En ese contexto, resulta inexplicable que Rogelio Frigerio y otros funcionarios del staff oficial hayan ido a ver a River en la noche de esa jornada aciaga, a no ser que acuñen como propia el “no pasa nada, tranquilos”, la última frase negadora de Macri.

¿El ministro del Interior no midió el costo de ir al Monumental? ¿No evaluó la posibilidad de que le endilguen falta de sensibilidad social? El horno no está para bollos y de eso puede dar cuenta Luis Caputo, quien al expirar el día fue agredido verbalmente en un restaurante por un empresario que acusó el impacto de una economía recesiva.

En la Casa Rosada aún consideran al titular del Banco Central y a Frigerio como figuras claves para revertir a crisis de confianza que se manifiesta con la corrida bancaria y el alza de las tasas. La estrella de “Toto” ya no brilla como antes en el firmamento de Cambiemos pero apuestan a su experiencia, del mismo modo que resaltan la muñeca del jefe de la cartera política para garantizar, negociaciones con los gobernadores mediante, la aprobación del Presupuesto.

En las últimas horas Frigerio y María Eugenia Vidal dejaron asomar una autocrítica que Marcos Peña retaceó. Y Horacio Rodríguez Larreta tuvo que salir a desmentir su salto de la Jefatura de Gobierno porteño a la Jefatura de Gabinete nacional. La atomización del mensaje oficial fue otro reflejo de las desavenencias internas.

La crisis de índole económica desencadenó en otra política que alcanzó a Nicolás Dujovne, el ministro que prometió más ajuste para el año que viene sin medir que el de este año ya logró unir a todo el sindicalismo detrás de la convocatoria a un paro general para el próximo 25 de septiembre.

“Este es el único rumbo”, dijo anoche, al anunciar un viaje de urgencia a Washington en busca de un salvoconducto del FMI. El déficit cero que se propone adelantar para el 2019, como fruto de la renegociación de nuevos parámetros, no es otra cosa que profundizar un programa que repercutirá (mal) en el bolsillo de la gente.

El lunes Dujovne tendrá que poner la cara ante Christine Lagarde por una movida con la que no comulgó: la escueta y fallida exposición en busca de confianza que hizo Macri, empujado por Caputo y alentado por el vicejefe de gabinete Mario Quintana, prometiendo un desembolso de dinero del FMI que aún no está cerrado y que podría demorarse hasta un mes, una era glacial para este cuadro de incertidumbre y volatilidad cambiaria.

El descontento social se palpa a cada paso, incluso en el “círculo rojo”, y alienta el fuego amigo ¿Ejemplos? Alfonso Prat Gray diciendo que “la economía es un quilombo” o Carlos Melconian facturando a sus ex compañeros “una subestimación alrededor de la renovación de las Lebacs y las Letes”.

La prolongada turbulencia sacó del ostracismo a Eduardo Duhalde, socio vitalicio en esto de proclamarse piloto de tormentas. A su prédica en pos de una candidatura de Roberto Lavagna se sumó Ricardo Alfonsín. Apuestan a la memoria emotiva de quienes vieron al ex ministro de Economía encauzando la salida de la crisis de 2001.

Lavagna no avala ni desmiente su ambición electoral, como tampoco su eyección del espacio de Sergio Massa, quien —contrariamente— se vio obligado a romper el silencio autoimpuesto empujado por la crisis. “Nunca hay que interrumpir al enemigo cuando está cometiendo un error”, solía justificar su corrimiento de escena el inquieto líder del Frente Renovador. La frase es de Napoleón Bonaparte y evidentemente ya la desechó.

La devaluación también sacó de foco a las investigaciones por los cuadernos de la corrupción, lo que le permitió a Cristina Kirchner pasar de la defensiva a la ofensiva, impulsando a su bloque a pedir la interpelación de Caputo y Dujovne. ¿Podrá el gobierno siquiera amagar un acuerdo de gobernabilidad con la oposición sin que lo dinamite el Frente para la Victoria?

A esta altura no hay demasiado misterio: el plan que baraja Macri lleva la marca del ajuste. Es más de lo mismo pero con mayor intensidad. Una señal —otra más— para intentar domesticar a un mercado díscolo y aventar el peligro del default, aunque nadie puede dar certezas de que evite el colapso.

No estamos ante el “relato de un náufrago”, nombre de la célebre novela de Gabriel García Márquez, sino ante el naufragio de un relato, el del gobierno, que se chocó con la realidad. Hasta la prometedora Vaca Muerta, en las actuales circunstancias, parece un espejismo al que el Presidente recurre para bañarse de optimismo.

Este fin de semana se sabrán los detalles del ajuste ¿Se introducirá la “variante Melconian” de profundizar la devaluación —a fin de licuar el déficit— y aplicar mayores retenciones al agro, uno de los sectores beneficiados por la estampida del dólar?

¿Habrá algún tipo de regulación o un giro hacia una mayor ortodoxia? ¿Se podrá emprender esta nueva etapa sin un cambio de ministros que oxigene el gabinete y restablezca la confianza? Y en tal caso ¿alcanzará con eso para evitar la debacle?

No tocar parte del plan económico, si no todo, sería un suicidio. Como explica la frase que se le atribuye a Einstein, sería la locura de hacer una y otra vez lo mismo esperando obtener resultados diferentes.

El estado crítico no sólo atraviesa la economía sino también la política de Cambiemos, que abierta y legítimamente trabaja por la continuidad de Macri, Vidal y Rodríguez Larreta en el poder.

Los plazos se acortan. El 2019, año de elecciones, está a la vuelta de la esquina. Y la palabra ajuste no rima con votos.



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