Escultura de Pablo Miguez. Parque de la Memoria (Adrian Escandar)

Escultura de Pablo Miguez. Parque de la Memoria (Adrian Escandar)

Mónica Santucho tenía 14 años. Vivía en la calle 138 bis de Melchor Romero, en La Plata. Su hermana menor, Alejandra, de diez, vio cuando la secuestraban desde la casa de una vecina de enfrente. Era una tarde de diciembre como cualquier otra. Jugaban en la vereda, hasta que sintió el ruido de un helicóptero y un grupo de militares que avanzaba sobre la calle de tierra al grito de “efectivos, todos adentro”.

“Mis padres eran militantes montoneros –dice Alejandra, entrevistada por el autor de este artículo- Nos fuimos de Ingeniero White, en Bahía Blanca, en diciembre de 1975 y nos mudamos a varias casas. A medida que iban cayendo compañeros las íbamos dejando. Recuerdo cuatro mudanzas antes de llegar a Melchor Romero. Yo tenía diez años y Mónica 14, pero teníamos conciencia de todo lo que pasaba. Las reuniones de mis padres se hacían delante de nosotras, y mi hermanito, que tenía dos años. Ese año, en 1976, ya no estábamos escolarizadas. Mónica y yo teníamos nombres falsos. Teníamos que decir que éramos de Olavarría. Era difícil que hiciéramos amigas en el barrio, nos juntábamos con algunas vecinas de la cuadra, siempre fuera de casa. Los últimos tiempos fueron muy complejos. Estábamos esperando que pasara algo”.

Y entre las cosas, vi que cargaron algo envuelto en frazadas. En ese momento yo pensé que podrían ser los cuerpos de mis papás.

Los militares ocuparon las calles, rodearon la manzana. Alejandra y su vecina de enfrente se metieron adentro. Llegó a ver cómo su mamá cerró los postigos de las ventanas de su casa. Y empezaron a dispararle.

Mi mamá gritó: ‘Dejen salir a los chicos…’. Y pararon de tirar. Yo lo veía desde el hueco de una ventana que no tenía revoque. La casa estaba en construcción. Desde ahí vi salir a Mónica con mi hermano, de la mano. A mi hermano lo hicieron a un lado y a ella la subieron a un auto. Mi mamá cerró la puerta y después, sentí como un bombardeo, una cosa estruendosa, un tiroteo infernal. No sé cuánto tiempo duró. Con los años me dijeron que fueron veinte minutos. Cuando terminó, salí a la vereda. Ellos no me registraron, no sabían que yo pertenecía a esa casa. Vinieron camiones del Ejército y cargaron las pocas cosas que teníamos. Y entre las cosas, vi que cargaron algo envuelto en frazadas. En ese momento yo pensé que podrían ser los cuerpos de mis papás”.

Su mamá se llamaba Catalina Ginder y su papá Heldy Santucho. No tenía parentesco con el jefe guerrillero del PRT-ERP.

Mónica fue introducida al “Circuito Camps”. Era una red de veintinueve centros clandestinos en la provincia de Buenos Aires bajo el mando del coronel Ramón Camps, jefe de la policía bonaerense.

Su primer destino fue un viejo destacamento policial de cuatrerismo ubicado en la periferia de La Plata, “El Pozo de Arana”. Se usaba como centro de torturas; también eran usuales las ejecuciones. En el fondo del terreno había una fosa en la que se tiraban y quemaban cuerpos. Para disimular el olor a carne humana también se quemaban neumáticos. También grababan las torturas y las reproducían en las celdas de los detenidos ilegales.

Tres sobrevivientes del destacamento de Arana –Gabriela Gooley, Carlos De Francesco y Graciela Marcioni- mencionaron a Mónica Santucho en el Destacamento de Arana en sus testimonios. La vieron durante todo diciembre de 1976.

El Pozo de Arana

El Pozo de Arana

Al mes siguiente, fue trasladada a otro centro clandestino, la Comisaría 5° de La Plata. Una de las secuestradas, Alicia, conversó con ella. Mónica estaba preocupada por cómo estarían sus otros dos hermanos, Alejandra y Juan Manuel.

“Entrada la noche terminó el operativo. En mi casa quedó una guardia. En el barrio hubo pocas casas que me quisieran alojar. La señora de la esquina sí, fue muy solidaria. Ahí habían dejado a mi hermano de dos años. Esa misma noche, viernes 3 de diciembre, vino el Ejército y me registraron. La vecina le preguntó: “¿Y la hermanita, señor, cómo está?”. “No se haga problemas, la llevamos para interrogarla, pero está más que bien”. Y avisó que mañana vendría a vernos una asistente social. Al día siguiente vino. Me llevó al patio, puso dos sillas, y me empezó a preguntar, de dónde éramos, qué hacía mi papá. Yo seguí mintiendo, que me llamaba Verónica, éramos de Olavarría. Obviamente ella se dio cuenta que mentía porque ya tenía todos los datos. Antes de irse, me dijo: “Quedate tranquila, el lunes te vamos a llevar con tu mamá”. Eso me hizo ruido, porque yo supuse que mi mamá estaba envuelta en la frazada que habían cargado al camión. Sentí que me había mentido. Y además me miraba con cara de odio.

El domingo apareció en el alambrado del patio un compañero de mi viejo, el “El Colo”. Yo lo había visto en casa. Era heladero. Me preguntó si en la casa había vigilancia. Le dije que no. Pero que el Ejército había dicho que no saliéramos, y que el lunes nos vendrían a buscar”.

En la madrugada del lunes, cuatro hombres golpearon la casa de la vecina que alojaba a Alejandra y Juan Manuel. Se anunciaron como miembros del Ejército. Todos estaban durmiendo. Despertaron sobresaltados. El dueño de casa casi se desmaya. Dos hombres que entraron dijeron que tenían orden de llevarse a los dos chicos. Y se los llevaron.

No se podían apropiar a una nena de 14 años. Mi abuela decía, va a aparecer, y van a aparecer los tres, con mamá y papá

“Cuando los vi me quedé tranquila. Nos pusieron dentro de un carro de cirujas que tenía unos barriles, envueltas entre yuyos, con una cobija. Por varias semanas los compañeros de mi papá nos resguardaron en una villa. Luego supe que en el barrio hicieron operativos, rastrearon las casas para buscarnos, pero no nos encontraron. Al tiempo me llevaron a la casa de un tío en Ezeiza, y luego fuimos a vivir a la casa de mi abuela, en Ingeniero White. La casa estuvo mucho tiempo vigilaba por si llegaba alguien. Yo volví a la escuela, a tener mi documento. Siempre pensábamos que Mónica estaba en algún Instituto de Menores y que la iban a dejar en libertad. No se podían apropiar a una nena de 14 años. Mi abuela decía, va a aparecer, y van a aparecer los tres, con mamá y papá“.

Mónica y Alejandra Santucho

Mónica y Alejandra Santucho

El 23 de enero de 1977, Alicia junto a Mónica estaba en la celda de la comisaría 5° cuando la vinieron a buscar. “Agarrá tus cosas que te vas a Bahía con tu abuela”, le dijeron. Mónica tomó lo que tenía, le dio un beso a Alicia y se fue.

Por mucho tiempo no sabrían más nada de ella. Sólo se supo, por testimonios en la CONADEP y en los juicios a represores militares, que había estado en dos centros clandestinos.

Hasta que en el año 2009, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó sus restos en el sector 134 del cementerio municipal de Avellaneda.

“El cuerpo estaba fusilado, dos bracitos quebrados y las costillas también. Le tiraron una ráfaga de ametralladora, a muy corta distancia. Nos ofrecieron verlo y dijimos que sí. El cuerpo estaba entero, tenía todos los huesos, no le faltaba nada, pero estaba quebrado. Se la llevaron para sacarle toda la información que pudiesen, y después les era imposible soltarla, después de las barbaridades que le hicieron… Si no hubiéramos salido de la casa, mi hermano y yo hubiéramos corrido la misma suerte”.

Desaparece y vuelve a aparecer

La escultura que emerge sobre el río de la Plata frente al Parque de la Memoria, en la Costanera, es un retrato de Pablo Miguez.

Pablo, de espaldas a la costa, mira el horizonte que le negaron.

Es una creación de la artista plástica Claudio Fontes. La obra tiene la intencionalidad de reconstruir su cuerpo desaparecido. Cuando la marea sube, la figura de Pablo se sumerge bajo el agua, y más tarde reaparece sobre el río.

Lo secuestraron cuando tenía 14 años. Lo ataron, lo vendaron, y lo arrastraron descalzo hasta el baúl de un auto.

En la década del setenta, el padre de Pablo era comerciante y su mamá militaba en el PRT-ERP. Vivían en Palermo. Pabló estudió en la Escuela Argentino Armenia. Después sus padres se separaron y Pablo cursó el colegio secundario en el Industrial de Avellaneda. Vivía en la casa de su mamá –que estaba en pareja con Jorge Capello, hermano de Eduardo Capello, fusilado en la base naval de Trelew en 1972-, y también en la de su papá y la de sus abuelos.

Lo secuestraron cuando tenía 14 años. El 12 de mayo de 1977 un grupo operativo entró al edificio de Spur 399, en Avellaneda. Lo ataron, lo vendaron, y lo arrastraron descalzo hasta el baúl de un auto. También se llevaron a su mamá y a su pareja. Su hermana Graciela, de 12, que dormía en la casa de su abuela esa madrugada, pudo salvarse.

La familia fue trasladada a “El Vesubio”.

El Vesubio

El Vesubio

El predio pertenecía al Servicio Penitenciario Federal.

Era uno de los primeros centros clandestinos establecidos en la década del ’70. Comenzó a usarse en los últimos meses del gobierno de Isabel Perón. 

Eran tres casas estilo colonial y una pileta. En la Casa 1 estaba la Jefatura. La Casa 2 era el espacio para torturas. En la Casa 3 se alojaban detenidos ilegales. Por último, la Sala Q, una casa prefabricada decorada con muebles y adornos que robaban en los allanamientos. Se usaba como vivienda de prisioneros y grupos operativos.

“El Vesubio” estaba bajo el control operativo del Primer Cuerpo de Ejército, al mando del general Guillermo Suárez Mason, que solía visitarlo. Era uno de los centros clandestinos de mayor actividad del arma.

Allí permanecieron secuestrados Héctor Oesterheld, autor de El Eternauta; el cineasta Raymundo Gleyzer y también el escritor Haroldo Conti, entre más de mil quinientos detenidos ilegales.

Muy pocos lograron sobrevivir.

En “El Vesubio”, los guardias usaban a Pablo Miguez para llevar el mate cocido o trasladar tachos de excrementos y orina.

Los prisioneros eran numerados y alojados en celdas tabicadas; vivían encapuchados. Le daban comida una vez al día y una lata para sus necesidades. Los llamaban por números para ir a la ducha, la sesión de tortura, o para realizarle un simulacro de fusilamiento.

A Pablo Miguez lo torturaron delante de su mamá, Irma Márquez Sayago.

Aparentemente porque ella no firmaba una hipoteca o la escritura de una propiedad. Lo pusieron delante suyo y lo torturaron.

Los robos era una práctica común de los represores. No sólo hacían desaparecer los cuerpos con el propósito de “limpiar la Patria de subversivos”. También querían su dinero.

Cuando irrumpían en una casa, robaban la plata que encontraran, relojes, artículos electrónicos, incluso un auto, lo que hubiese. Todo les servía. Luego se preocupaban por saquear depósitos bancarios y apropiarse de inmuebles con transacciones firmadas bajo tortura.

Pablo Miguez

Pablo Miguez

En “El Vesubio”, los guardias usaban a Pablo Miguez para llevar el mate cocido o trasladar tachos de excrementos y orina. A veces “Delta”, el coronel Pedro Durán Sáenz, responsable del campo de concentración y uno de los habituales violadores de mujeres, ponía a Pablo frente al tablero de ajedrez en la Sala Q. A la noche lo volvían a encadenar en una celda, como un prisionero más.

Los guardias no sabían qué sucedería con Pablo. No era el primer niño que traían a “El Vesubio” ni sería el último.

La noche estaba impregnada de un profundo silencio: los detenidos tenían prohibido hablar. Si la orden se quebraba los castigaban.

Mientras tanto, su padre Juan Carlos Miguez reclamaba por su vida. Presentó un hábeas corpus en el juzgado de Instrucción 4°, que fue rechazado, y llegó a reunirse con un coronel de la Subsecretaría de Interior. Recibió una respuesta fría: “Carecemos de información”.

Los guardias no sabían qué sucedería con Pablo. No era el primer niño que traían a “El Vesubio” ni sería el último. Los sobrevivientes dieron testimonios de la presencia de bebés y niños de pocos años. Sus llantos eran ensordecedores. Permanecían unos días y luego los entregaban a familiares o a la Casa Cuna.

Diego Guagnini, que en la actualidad es abogado en causas de violación a los derechos humanos, fue secuestrado con sus padres –a los que luego mataron- y permaneció cautivo en el centro clandestino “Club Atlético”, una dependencia policial en la avenida Paseo Colón luego derribada para la construcción de la autopista 25 de Mayo de Buenos Aires.

“Me trasladaron al Atlético con mi mamá y mi papá. Luego a él lo trasladaron a ‘El Vesubio’. Tenía un año y medio. Estuve varios días y luego aparecí en la casa de un tío abuelo materno. Por muchos años nunca tuve claro cómo llegué ahí. Tampoco encontré documentación oficial de los militares sobre el protocolo con aquellos niños que no podían apropiar, porque tenían avanzada. No sé si había un criterio. Yo no fui propicio para la apropiación. Los represores habrán analizado mi caso y decidieron que por alguna circunstancia debía ser entregado a la familia. Pudo ser la edad, la casualidad, la suerte, nunca lo supe”.

El campo del infierno

En “El Vesubio” la permanencia de menores era frecuente. 

En octubre de 1977 fueron alojadas Clarisa, de cuatro años y Natalia, de un año y medio, hijas de la francesa Françoise Dauthier. Mientras a su madre la torturaban, las hijas fueron alojadas en la Sala Q durante más de un mes. Luego las entregaron a sus abuelos paternos. Su madre desaparecería.

También hubo otros menores secuestrados: Juan Carlos Farías, de 14 años, llegó una semana antes que Pablo Miguez. Lo trajeron junto a su padre, Juan Farías, carpintero y militante comunista. Juan Carlos fue golpeado en la sala de torturas, le asignaron una letra y un número. Permaneció atado a una camilla que “desprendía olor a carne quemada” y después de tres días, le dijeron que se olvidara todo lo que había vivido: le vendaron los ojos, lo subieron a un auto y lo dejaron en la puerta de su casa.

Hugo Norberto Luciani, de 12 años, también fue secuestrado junto a su padre, Hugo Pascual Luciani, dirigente justicialista. Su padre llegaba a “El Vesubio” por segunda vez.

En la primera había sido baleado y torturado, perdió todos sus dientes, y tuvo un infarto.

La segunda vez lo llevaron con su esposa y su hijo Hugo Norberto, al que liberaron al tercer día. Presenció las torturas a su madre.

Otra de las menores que estuvo en “El Vesubio” fue Marcela Quiroga. Tenía doce años. Fue entrevistada por el autor de este artículo.

Marcela Quiroga y su madre

Marcela Quiroga y su madre

“Después del golpe militar vivimos en diferentes casas con mi mamá, mi hermano de 10 años y mi hermana, que acababa de nacer. Mi papá era mecánico y mi mamá ama de casa. No tenían experiencia política. Se acercaron a la Unidad Básica del barrio en la campaña electoral de Cámpora, se empezaron a enganchar con las charlas. Yo a los siete años me entero que había un hombre que se llamaba Perón y ellos nombraban a cada rato.

Después mi mamá (María Nicasia Rodríguez) empezó a trabajar en la limpieza de la Unidad Básica. Los dos empezaron a militar en la Juventud Peronista, aunque ya tenían más de treinta años. Cuando se separaron, él dejó de militar y mi mamá siguió en Montoneros, en el área de prensa de la Columna Sur. Tenía un mimeógrafo en un cuartito con el que imprimía folletos.

Estábamos desnudos, con ropa interior y remera, mi hermana en pañales. Nos llevaron por la calle esposados, primero a un patrullero y luego a un camión celular.

En 1976 ya dejé de ir al colegio. En septiembre secuestraron en una cita a Guillermo, el compañero de mi mamá y padre de mi hermana. Nos volvimos a ir. Íbamos con mamá y mis hermanos a todos lados. Mamá ya no militaba, sólo trataba de sobrevivir. Después empezamos a vivir con un compañero que le decían “Silver” (Arturo Alejandrino Jaimez), para dar la impresión de que eran un matrimonio con hijos.

Una noche, cuando estábamos en el barrio Unión de Villa España, en Berazategui, mamá nos despertó y nos metió en el baño a los tres. Era la única parte de material de la casa, que era prefabricada. “Pórtense bien que mamita los quiere”, dijo y cerró la puerta. Y empezaron los tiros. Cuando terminaron, entraron rompiendo las puertas y nos agarraron a los tres. Estábamos desnudos, con ropa interior y remera, mi hermana en pañales. Nos llevaron por la calle esposados, primero a un patrullero y luego a un camión celular. Allí esperamos, nos trajeron ropa y a mi hermana fiambre viejo. Después no vi más a mis hermanos y me llevaron a que les señalara las casas que había conocido, pero yo sabía las casas de mi familia, de mi papá, de un tío, de una tía, no de los militantes.

 

Me tiraron a una cama, me taparon la cara con una almohada y me retorcieron los pezones.

Me preguntaron diez mil veces mi árbol genealógico, de parientes que tenía en San Luis, y al final de ese día me llevaron a un recinto grande, como si fuera un pabellón, y me hicieron más preguntas a la madrugada, como entre sueños, qué te dijo tu mamá, decí la verdad, vos también estuviste tirando, cuál era tu nombre de guerra, estabas en pareja con tal persona. Cuando comprobaron que yo había mentido en la información que di –porque me insistían con información que no tenía-, me llevaron a una habitación, me tiraron a una cama, me taparon la cara con una almohada y me retorcieron los pezones. Me costó una vida ponerle palabras a ese abuso sexual. Al día siguiente me llevaron a un lugar que luego supe que era ‘El Vesubio’.

Ojos vendados

Todavía me acuerdo del ruido de la entrada de chapa cuando se corría. Me dejaron en un recinto, yo estaba con los ojos vendados y me engrillaron, me ataron con una cadena a una cama elástica que tenía una madera y muchos cables. Yo suponía que eso era “la picana”. Porque mi papá antes había estado secuestrado durante once días y me había contado.

Ahí un guardia me dio dos cachetazos porque dijo que estaba muy nerviosa, y se abrió la puerta y entró una compañera de militancia de mi vieja, Silvia, que estaba embarazada. Yo estaba tildada. Después me llevaron a la Sala Q. Allí estaban los “quebrados”, como decían ellos. Tenía que ir levantando los pies porque había un montón de gente tirada en el piso con frazadas. Había que pasar varios ambientes cerrados hasta que se abrió una puerta de chapa y ahí me sacaron la venda.

En la Sala Q había camas marineras, una mesa grande, una ventanita donde se podía ver si había sol, un baño. Para ducharme tenía que poner los pies sobre una madera y tener cuidado de no tocar las paredes porque estaban electrocutadas. Seríamos quince en total. Comíamos juntos, entraban y nos dejaban una cacerola. Para dormir me esposaban la mano a una cucheta.

Tenía mucho temor, desamparo y la inconsciencia de la infancia. Pensaba que mi papá me vendría a buscar y yo volvería con mi mamá.

Todos los días me llevaban a recorrer barrios donde había vivido, por si me acordaba de una calle, de una casa, de un negocio. Querían conocer todos los lugares que pudiera señalar. Tardábamos muchísimo tiempo en llegar. Íbamos mucho a la estación de Ezpeleta y nos quedábamos esperando horas. Luego supe que era el lugar donde mi mamá tenía sus citas. Ellos esperaban que alguien volviera. Una vez me hicieron salir con peluca con rulos y anteojos con cinta aisladora pegada desde adentro, para que pareciera mayor y no llamara la atención. Y luego me lo sacaron para que viera las casas del barrio. Me usaban para marcar. Una vez me llevaron a comer a un restaurante. Yo debía tener mucha información que no sabía que tenía, evidentemente conocía lugares aproximados”.

—¿Qué pensabas en ese momento? ¿Cómo lo vivías?

—Era una mezcla. Tenía mucho temor, desamparo y la inconsciencia de la infancia. Pensaba que mi papá me vendría a buscar y yo volvería con mi mamá. Pensaba que ella se había escapado. Yo no preguntaba por ella, quizá por protección. Tampoco lloraba, sólo en el momento de los tiros en la casa lloré. Los días eran largos. Los guardias no hablaban conmigo. Los que hablaban conmigo eran los que se apropiaron de mí, los custodios, que me seguían de cerca, yo les veía la cara, me ponían el grillo a la noche. Me amparé mucho en dos embarazadas que había. Miraba revistas, jugaba a las cartas con ellas, pintaba. Mientras estuve ahí me cuidaron. Yo sólo escuchaba conversaciones intrascendentes, cuidaron mi cabeza. En ese momento era la única menor. Cuando llegué me dijeron que hacía dos o tres días se había un chico de 13 años, que había estado en la Sala Q. Después con los años supe que era Pablo Miguez.

Pablo Miguez permaneció tres meses en “El Vesubio”. Había visto y oído todo en ese campo de concentración: las descargas eléctricas sobre los cuerpos –sobre su propio cuerpo-, las sesiones de asfixias bajo el agua, los gritos por las violaciones que llegaban desde las duchas.

Hasta que un día un guardia comentó que lo llevarían a un Instituto de Menores para “recuperarlo”.

Cuando se lo dijeron a su mamá, Irma, que estaba secuestrada en “El Vesubio”, no lo creyó. Ella sabía que la matarían, pero deseaba que su hijo se salvara.

Pablo abandonó “El Vesubio”.

Fue trasladado a la ESMA, al tercer piso del edificio. Fue recluido en el altillo. En el sector “Capuchita”. Era el espacio del tanque de agua que fue utilizado para armar quince o veinte boxes separados por aglomerados, donde alojaban a los prisioneros que mantenían encadenados con una bala de cañón. Había un box adicional para interrogatorios y torturas. Tenía un catre de hierro y una picana eléctrica en la mesa. Allí llevaban a los secuestrados que traía el Grupo de Tareas 3 (GT3), de Operaciones.

Según relató a la justicia Lila Pastoriza, sobreviviente de la ESMA –véase sentencia Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°4, causa 1487, del 23/9/2011-, Pablo Miguez llegó en agosto de 1977. Extrañaba a su papá y pedía que lo llevaran con él. Soñaba con su mamá. No se había podido despedir de ella en “El Vesubio”. Tenía pesadillas. Estuvo un mes y medio en “capuchita”.

Hasta que ella lo vio de espaldas caminando a ciegas de la mano de un guardia y ya no lo vio más.

Supuso que lo liberarían.

Según el testimonio de Farías, que había estado secuestrado en “El Vesubio”, vio a Pablo Miguez en la comisaría de Valentín Alsina en octubre de 1977. Se cree que fue después del paso de Pablo por la ESMA.

La comisaría era el lugar donde se “legalizaba” a los detenidos-desaparecidos y desde allí se los trasladaba a la cárcel.

De hecho, Farías luego fue a prisión en la Unidad 9 de La Plata.

En la comisaría, Pablo estaba confiado en que lo dejarían en libertad. Con sus 14 años, ya llevaba casi seis meses secuestrado, recorriendo los campos de concentración de la dictadura militar.

Ése fue el último rastro.

Nunca más apareció.

Mañana, segunda parte.

*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es “Primavera Sangrienta. Argentina 1970-1973. Un país a punto de explotar. Presos políticos, guerrilla y represión ilegal”. Ed. Sudamericana.
Twitter: @mlarraquy

SEGUÍ LEYENDO: 

Noemí Molfino, secuestrada en Lima y asesinada en Madrid: el enigma de la operación internacional más sanguinaria del Batallón 601 de Inteligencia

Cómo el Batallón de Inteligencia 601 enmascaró el crimen de Noemí Molfino, secuestrada en Lima y asesinada en Madrid



Source link