Julius Hollander recibió a DEF en su casa en el barrio porteño de Belgrano. Foto: Fernando Calzada/DEF.

Julius Hollander recibió a DEF en su casa en el barrio porteño de Belgrano. Foto: Fernando Calzada/DEF.

El número 161214 tatuado con tinta azul en el brazo izquierdo es una de las marcas visibles de su paso por el campo de exterminio de Auschwitz. Pero las más profundas, las invisibles, las historias del infierno vivido allí, las comparte hoy con todo el que quiera escucharlo. Es su manera de responder a todos aquellos que se atreven a negar el sufrimiento del pueblo judío durante el Holocausto.

Julius Hollander es el único sobreviviente de su familia, y, tras décadas de silencio, desde hace algunos años, cuenta su historia para que nunca nadie más se atreva a negar lo que padeció el pueblo judío durante el Holocausto. Impulsado por su nieta Sofía, Julius brindó charlas en colegios, escribió el libro Enfrentar el olvido y también participó del documental #marcha.

Julius, con su uniforme de prisionero de Auschwitz. Foto: Enfrentar el Olvido, editorial Parábola.

Julius, con su uniforme de prisionero de Auschwitz. Foto: Enfrentar el Olvido, editorial Parábola.

Hombre práctico, resolutivo, no sabe por qué él sobrevivió cuando tantos murieron, pero al escapar, decidió “hacer borrón y cuenta nueva”, una especie de “olvido terapéutico”, que, asegura, le permitió seguir con su vida, estudiar, desarrollarse profesionalmente y formar una familia.

Al llegar al país, con 18 años, rindió libre sexto grado, estudió para constructor de obras y rindió libre el secundario, estudiando de noche. Luego, se recibió de arquitecto, y más tarde, fundó una exitosa empresa de cartelería en la vía pública. “Cuando uno pasa por situaciones extremas, ya no le teme más a nada”, asegura este sobreviviente, que se define a sí mismo como un optimista, alguien que siempre mira para adelante.

-¿Cómo vivió el estreno de #marcha, documental del que participó con su testimonio?
-Es muy interesante ver cómo los jóvenes ven el drama del Holocausto, verlo desde el punto de vista de ellos. Me pareció que el documental está muy bien hecho.

En el estreno de #marcha Julius (derecha) posa junto al embajador de Israel en Argentina, Ilan Sztulman y la sobreviviente de la shoa Lea Zajac de Novera. Foto: Nicolás Stulberg.

En el estreno de #marcha Julius (derecha) posa junto al embajador de Israel en Argentina, Ilan Sztulman y la sobreviviente de la shoa Lea Zajac de Novera. Foto: Nicolás Stulberg.

-¿Usted siempre habló de lo vivido durante el Holocausto?
-Yo pasé dos años en Auschwitz y la verdad es que no había hablado nunca de esto, porque era como un tabú, qué sé yo. Es como un olvido a propósito, terapéutico, porque no se puede vivir con tantas muertes, con tantas cosas. Yo llegué a la Argentina a los 18 años y me dije: “Borrón y cuenta nueva. Lo que pasó, pasó, ahora tengo que empezar de nuevo”. Esto me permitió hacer una vida normal. Pero hace unos años, me contactaron de la Fundación de Steven Spielberg, donde estaban tomando testimonio de todos los sobrevivientes, para que diera el mío.

-Antes de esto, ¿no hablaba del tema? ¿Cuánto tardó en hacerlo?
-¡Años! Yo, la verdad, creía que era el único loco, pero después, leyendo, me enteré de que a muchos les pasó lo mismo, no hablaban del asunto ni con los hijos siquiera.

-¿Su hijo no le preguntaba?
-No, él nunca me preguntó nada y yo nunca le conté nada. Pero mi nieta, su hija, Sofía, con quien tengo una gran relación, siempre me preguntaba cómo era mi vida cuando era chico, y ahí empecé a contarle un poco. Cuando me llamaron de la Fundación de Spielberg, supe que tenía que hacerlo, que tenía que dar un buen testimonio, y me agarró como una locura porque ¡no me acordaba!

Julius con su hijo Martín, en 1969. Foto: Enfrentar el olvido, editorial Parábola.

Julius con su hijo Martín, en 1969. Foto: Enfrentar el olvido, editorial Parábola.

-¿Qué sintió al empezar a sacar todo eso a la luz?
-Una congoja terrible. Pasé unos meses terribles. Era como volver a vivir todo eso. A mí el olvido me permitió insertarme en la sociedad y hacer una vida normal. Yo me salvé junto con un amigo que se llamaba David Goldstein; él se quedó en Europa y se quedó en el pasado… Siempre estaba hablando de lo que vivimos, nunca pudo levantar cabeza.

-A partir de esa primera invitación, usted empezó a dar charlas, escribió un libro… ¿Qué reacciones generaba su historia?
-La primera vez que fui a dar una charla fue en el colegio de mi nieta. Me llamó la atención las preguntas que me hacían los chicos, por ejemplo: “¿Cómo es que se dejaron matar?”. Yo les expliqué que los alemanes eran muy inteligentes para hacer las cosas, tanto para bien como para mal. Todo lo hacían a través del engaño. No nos decían que nos iban a matar, sino “van a ir a un campo de trabajo donde van a estar mejor”.

-¿El horror fue avanzando de manera gradual?
-Sí. Mi papá, por ejemplo, tenía un negocio de telas, y los nazis le pusieron un interventor, un alemán jubilado que no sabía nada de nada. Después, dijeron que no podíamos vivir en determinados barrios y nos pusieron a todos los judíos juntos. Cuando nos tuvieron a todos ahí, pusieron alambres de púas, paredones, y nos encontramos con que estábamos dentro de un gueto. Porque todo esto no empezó en el campo de concentración, previamente fuimos hacinados en el gueto, donde tuvimos una vida terrible durante más de un año. Fue terrible, muy feo, en una habitación vivíamos 50 personas. Nos cortaban la luz, el agua, había falta de comida. Pero a pesar de esto, se formaban grupos para estudiar, nunca se dejó de estudiar. Prácticamente no había judíos analfabetos, porque a los 13 años se hace el Bar Mitzvá, es como si uno se hiciera hombre, para eso, ya hay que saber leer la Torá.

Al momento de llegar a Auschwitz, los nazis lo marcaron con un número en el brazo izquierdo. Fue el comienzo de la deshumanización a la que lo someterían en el campo de exterminio. Foto: Fernando Calzada/DEF.

Al momento de llegar a Auschwitz, los nazis lo marcaron con un número en el brazo izquierdo. Fue el comienzo de la deshumanización a la que lo someterían en el campo de exterminio. Foto: Fernando Calzada/DEF.

-¿Había antisemitismo antes de la llegada del nazismo?
-En Polonia había mucho antisemitismo, porque los judíos eran una minoría, no llegaban ni al 10 % de la población, con costumbres diferentes, distinta religión. En Polonia, los judíos solo tenían permitido ejercer el comercio, algunos oficios, no podían ni poseer tierras ni ser militares, entonces muchos se dedicaron a ser prestamistas. Con los años, los señores feudales les pedían préstamos y, a cambio, les permitían cobrar impuestos, y quien cobra impuestos es un tipo odiado.
Donde yo vivía, en Tarnow, los judíos éramos la mitad de la población. Cuando yo era chico, en general, había mucha pica, yo iba siempre con un cuchillito, porque me asaltaban, me pegaban y cada uno se tenía que defender como podía.

-¿Cómo era su vida de chico?
-Yo tuve una niñez muy hermosa. Mi padre era un hombre muy progresista, el venía de una familia muy pobre, trabajaba de dependiente de un negocio de telas. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, él no quería ir a dejar la vida por el káiser, entonces, pagando, se consiguió un pasaporte mexicano. Cuando lo llamaron para ir a la guerra dijo: “Yo soy mexicano” y se salvó, pero se tuvo que ir de la ciudad donde vivíamos. Se fue a Viena, que en ese momento era una ciudad de mucha cultura, nada que ver con ese pueblito chiquitito en el que estaban todos metidos en la sinagoga y se la pasaban rezando. Cuando terminó la guerra, volvió, pero con las ideas cambiadas. Se puso un negocio propio, progresó mucho, compró una fábrica de tejidos… Mi viejo era muy piola. Hizo todo eso en un país donde había muy pocas posibilidades, fue muy exitoso. En mi familia éramos cuatro, mi papá, mi mamá, mi hermano Edward y yo.

-¿En qué momento se dieron cuenta de la gravedad de lo que se venía?
-Tenía una tía, hermana de mi mamá, que vino a la Argentina mucho antes, en la década del 20. Ella, en marzo de 1939 –la guerra estalló en septiembre–, se tomó un barco, viajó a Polonia y nos dijo: “Vénganse a la Argentina porque va a haber problemas”. Desde acá, ella veía mucho más que nosotros allá. Pero como mi padre era un tipo pudiente, no quería vender sus cosas, tenía 51 años, ya estaba hecho… ¡Pobre! Yo no lo puedo culpar.

Julius, su hermano Edward (arriba) con sus primos de Argentina, Noemí y Eduardo, antes de la guerra. Foto: Enfrentar el olvido, editorial Parábola.

Julius, su hermano Edward (arriba) con sus primos de Argentina, Noemí y Eduardo, antes de la guerra. Foto: Enfrentar el olvido, editorial Parábola.

-Muchos sobrevivientes mencionan la dificultad para no perder la humanidad en los campos de exterminio. ¿Cómo fue su experiencia?
-Sí, se pierde y mucho. Desde el momento en el que uno llegaba, si no lo metían al horno, le ponían un número, como el que yo tengo en el brazo. Así, ya no existía nada más, ni pasado, ni presente ni futuro, solo un número.

-¿Pensó en taparlo o removerlo alguna vez?
-No, no me avergüenzo de él. No tengo por qué.

-¿De qué otra manera se daba esa deshumanización?
-Empezaba con el número y después, venía el hambre… ¡que es terrible! Hace que uno sueñe con comida, pero no con un manjar, sino simplemente con pan. En las “marchas de la muerte”, en cada pueblo que pasábamos, ellos buscaban lugares para encerrarnos a la noche y así poder irse a dormir. Una vez, nos metieron en una mina de piedra y arena medio abandonada. Antes, nos habían entregado a cada uno un pedacito de pan que nos dijeron que tenía que durarnos cuatro días. Corté una cuarta parte y la comí ese día. Después de una hora de estar en la mina, Goldstein me dijo que le faltaba el aire y que iba a tratar de salir, pero yo no tenía fuerzas y me quedé. No habían tirado gas adentro, pero estaba tan cerrado que con el mismo monóxido de carbono de la respiración, la gente se empezó a intoxicar. Todos querían salir, el portón no se abría, la gente se pisaba. Al rato, yo empecé a sentir también que me mareaba, pero estaba tan mal que en vez de salir, me metí más adentro. Pensé que me iba a morir, entonces agarré y me comí las tres raciones de pan, si total ya me moría. A la madrugada, abrieron los portones y había un montón de muertos, gente asfixiada, gente aplastada. Goldstein entró a buscarme, yo no estaba ni entre los vivos ni entre los muertos. Me encontró bien adentro, desmayado. Me sacó y cuando me llegó el aire, vomité. Lo primero que pensé fue “¿y ahora qué como?”. Es terrible ese hambre, sin esperanzas. Aun así, uno trataba de no perder la humanidad.

-¿Había una rutina en Auschwitz?
-Sí, era terrible. Nos despertaban a las 5 de la mañana con una especie de gong. Había que formar, en el frío, en la nieve. Además de ser un campo de exterminio, Auschwitz se hizo para proveer de mano de obra a una gran fábrica que hacía caucho a partir de la gasificación del carbón, que se llamaba Buna Werke. La fábrica no estaba funcionando todavía, la teníamos que hacer, trabajando como albañiles, como peones, haciendo zanjas, de todo. A mí me tocó un comando de carbón: venía un tren con un montón de vagones, a cada vagón le asignaban cuatro personas con palas y teníamos desde las 6 de la mañana hasta las 4 de la tarde para sacar todo el carbón. Si no lo hacíamos, a los cuatro de ese vagón los colgaban esa misma noche, en frente de todo el mundo. Todos los días colgaban gente a lo loco. Yo ya veía que con lo que me daban de comer y con lo que tenía que hacer, estaba frito…

-¿Qué le daban de comer?
-Nada. Un pedacito de pan y una sopa de ortiga, una planta que si usted la toca, se pincha. Eso en todo el día. Era terrible. Cuando terminó la guerra yo pesaba 39 kilos.

-¿Y cómo hizo para no terminar colgado usted también?
-Una noche, mientras estábamos formando, por el altoparlante anunciaron que se iba a organizar un comando electricista. “Se va a tomar examen, que no se presente nadie que no sea electricista porque será sometido a serias medidas”, dijeron. Pero yo pensé: “Peor de lo que estoy, no puedo estar” y me presenté. Sabía que, si seguía ahí, me iban a matar. Ya no tenía más fuerzas, estaba quebrado, no daba más.

Nos daban de comer un pedacito de pan y una sopa de ortiga para todo el día

-Pero no sabía nada de electricidad, ¿o sí?
-No. El jefe era un austríaco que de profesión era electricista pero que había matado a no sé cuántas personas, era un asesino. En vez de mandarlo a la cárcel, lo mandaron ahí. Me vio llegar, y yo era muy joven, no me creyó que fuera electricista. Me mandó a agarrar un caño y doblarlo y yo no sabía ni por dónde empezar. Entonces, en ese momento, se me ocurrió una idea, le dije: “La verdad es que no soy electricista, pero si usted me deja, yo le voy a conseguir una botella de vodka todos los días”. No tenía la más mínima idea de cómo iba a hacer. El tipo no sé si me vio tan audaz y le pareció divertido o qué, pero me dijo que sí.

-¿Y cómo hizo?
-Mi amigo, Goldstein, trabajaba en el lavadero del campo, donde había un montón de ropa de sobra, de gente que habían matado. La ropa tenía un sello, que decía “Auschwitz”, para evitar justamente que la sacaran de allí. Él buscaba camisas que tuvieran el sello bien abajo, las cortaba, les hacía un dobladillo –era sastre de profesión– y todos los días me llevaba puestas tres o cuatro camisas de esas. Dentro de la fábrica donde trabajaba había polacos, que no eran presos, sino contratados. Nosotros teníamos prohibido hablar con ellos, pero me acerqué a uno y le dije: “Si me conseguís todos los días una botellita chiquita de vodka y un pan, yo todos los días te traigo tres o cuatro camisas, de las mejores”. Ellos también sufrían la escasez de ropa y de todo, así que me dijo que sí. Como no nos podíamos ver, yo las dejaba arriba del montacargas y él también me dejaba las cosas ahí. Así fue que, entre el vodka para el alemán y el pedazo de pan –la mitad para mí y la otra mitad para Goldstein–, pudimos sobrevivir los dos.

Julius Hollander y David Goldstein, ya finalizada la guerra, en 1946. Foto: Enfrentar el olvido, editorial Parábola.

Julius Hollander y David Goldstein, ya finalizada la guerra, en 1946. Foto: Enfrentar el olvido, editorial Parábola.

-En su libro, Enfrentar el olvido, escribe que lo que lo mantuvo vivo fue el odio…
-Sí. Yo los odiaba. Todos los días me decía a mí mismo “a estos hijos de puta los voy a sobrevivir, yo voy a vivir más que estos tipos”. No los odio más, ahora hay otra generación, que no tiene nada que ver, pero yo no compro productos alemanes y no piso Alemania.

-¿Qué cree que convierte a una persona en un asesino con total desprecio por la vida del prójimo?
-Muchas veces me lo pregunté, había casos de gente que eran padres de familia y que agarraban bebés y los reventaban contra la pared. Creo que cuando la gente se fanatiza, se olvida del prójimo y hace lo que dice el líder.

-¿Cómo se sobrevive bajo tanto terror? ¿Cómo se sobrelleva el miedo por tanto tiempo?
El miedo a morir siempre existe. Uno trata de salvarse como puede. En #marcha una de las sobrevivientes dice: “Mucha gente de la nada se hace un mundo de problemas, nosotros de un mundo de problemas no hacemos nada”; y yo lo siento exactamente así. Cuando me puse en pareja con mi señora, ella se hacía problema por todo y yo le decía: “¿Qué problema?” Es blanco o negro, vida o muerte, yo no me voy a hacer mala sangre por estupideces que tienen solución.

-Hacia el final de la guerra, ¿cuántos días los llevaron en lo que se llamó la “marcha de la muerte”, para trasladarlos hacia el interior de Alemania?
-Marchamos como dos meses. Los rusos me salvaron el 9 de mayo. El 1 de mayo cayó Berlín y estos tipos (los nazis) seguían matando gente. Con Goldstein pudimos escaparnos y estuvimos días dando vueltas por el bosque. Finalmente, salimos a la ruta, no dábamos más, y allí nos encontraron los rusos. Nos llevaron al hospital.

-¿Cómo fue la recuperación?
-Cuando uno pasa por situaciones extremas, ya no le teme más a nada. Yo sabía que de alguna forma iba a salir, aunque caí muy enfermo, con fiebre y una forunculosis. El médico ruso que me atendía, como me vio joven, me tuvo pena, lo único que me podía salvar era la penicilina y ellos tenían muy poca, él me la daba a mí.

-Pero vino a la Argentina.
-Sí, yo llegué a la Argentina el 31 de diciembre de 1946, desde Río de Janeiro, donde me dejó el barco. El avión bajó en Morón, porque no existía el aeropuerto de Ezeiza todavía. Cuando se abrieron las puertas, no me quería bajar, ¡porque veía soldados alemanes! Me tuvo que subir a buscar mi tía. (NdR: los uniformes de campaña del Ejército Argentino de ese entonces tenían influencia alemana).

Cuando uno pasa por situaciones extremas, ya no le teme más a nada

-¿Cómo logró reencontrarse con su tía?
-Mi mamá, cuando iba viendo que las cosas se ponían feas, nos decía: “No se olviden de que tienen una tía que vive en Buenos Aires”, y nos hacía aprender de memoria su dirección. Cuando me liberaron y caí enfermo, con mucha fiebre, Goldstein me contó que repetía “Tucu-Tucu-Tucu-Tucu”… ¡Era la calle Tucumán, donde vivía mi tía! Cuando me recuperé, le mandé un telegrama, por medio de la Cruz Roja.

-¿Buscó a su familia, a sus padres, a su hermano?
-Sí, pero no encontré a nadie, busqué por ejemplo a Yad Vashem en Israel, una especie de museo que tenía la lista de sobrevivientes. Pero ellos no estaban.

-¿Cómo hizo para llegar a Buenos Aires?
-Yo estaba en Checoslovaquia, y mi tía me mandó un telegrama diciéndome que tratara de llegar a Italia o a Francia, y de ahí me ayudaría a viajar. Tuve que salir por Alemania. Con dinero que había juntado, pagué a uno que me llevó ilegalmente desde Checoslovaquia, pero cuando llegamos, cayeron los soldados rusos, nos sacaron todo lo que teníamos y nos dejaron ir. Terminamos en un campo de refugiados cerca de Munich. Cuando me vi de nuevo en un campamento, me agarré una depresión terrible, me tuvieron que internar en un sanatorio. Cuando me mejoré, fui a Francia. Pero resulta que Argentina no daba visas a los judíos. Mi tía tuvo que ir a Bolivia para conseguirme una. Con eso, fui después al consulado argentino en París, pero tampoco me quisieron dar visa de tránsito. Con los papeles bolivianos viajé en barco hasta Río de Janeiro. Cuando llegué, me conecté con los miembros de la colectividad, quienes me tramitaron la visa para venir a la Argentina.

-¿Qué conocía de Argentina? ¿Hablaba español?
-En Río me comuniqué en yiddish. Cuando ya sabía que me venía para acá, me conseguí un diccionario de español-polaco y todos los días me aprendía un montón de palabras de memoria. Pero cuando llegué, con la única que me podía comunicar era con mi tía, que hablaba polaco. Lo primero que ella hizo fue alquilar una casa en Miramar, y nos fuimos todos ahí. Todos los días me levantaba muy temprano, me iba con una sillita plegable a la playa y me aprendía 300 palabras de memoria por día. Así empecé a hablar.

Julius con sus primos en Miramar. Foto: Enfrentar el olvido, editorial Parábola.

Julius con sus primos en Miramar. Foto: Enfrentar el olvido, editorial Parábola.

-¿Cómo empezó a construir su vida acá?
-Estaba con mi tía, y estaba muy bien, pero me di cuenta de que tenía que estudiar, porque sin estudio no hay porvenir. Necesitaba tener la cédula de identidad. Me fui a hacer el trámite a la Policía y cuando me presenté, me metieron preso. Me llevaron al Hotel de Inmigrantes, porque yo tenía visa de tránsito y no me había ido del país, había infringido las leyes de inmigración. Me dejaron ahí, y no había nadie. Abrí la ventana, no tenía rejas ni nada, vi un caño, agarré y me bajé por el caño y me fui a mi casa. Finalmente, mi tía me ayudó a sacar los papeles a través de un conocido.

-¿Sufrió discriminación, antisemitismo, en Argentina?
-Yo hice libre sexto grado y después empecé a estudiar como constructor de obras, para tener una profesión. Había un tipo que se llamaba Sánchez de Bustamante, era boliviano y bastante antisemita. Yo todavía no hablaba muy bien el idioma y no me podía defender mucho. Los amigos que estudiaban conmigo siempre me pasaban sus pruebas de matemáticas para que yo se las hiciera. Hasta que una vez me llega la hoja de él. “Hacetela solo, burro”, le puse. Después nos fuimos al baño a fumar y él tipo empezó a gritar “Ojalá Hitler los hubiera liquidado a todos los judíos”. Ahí se me subió la mostaza en la cabeza. Lo agarré y le empecé a golpear la cabeza contra la pared. Ni diez tipos me podían separar, tan grande era mi furia. Nos echaron a los dos. Pero para mi sorpresa, los compañeros fueron a la Dirección a hablar y dijeron que yo tenía traumas de la guerra. Decidieron reincorporarnos a los dos con 24 amonestaciones. Volví y le dije “mejor te vas, porque si no, te mato”. Se fue y yo pude terminar. Pero me di cuenta de que estudiando solo esto no iba a poder estudiar en la facultad. Así que mientras completaba eso, a la noche me puse a estudiar para mi título de secundaria. Me recibí de las dos cosas juntas, y después entré a la carrera de Arquitectura.

-¿Cómo cambió su vida el haber sufrido el horror del nazismo?
Yo soy muy optimista, creo que, si pude sobrevivir a semejante horror, cualquier cosa que venga siempre va a ser mejor. Busqué hacer borrón y cuenta nueva, olvidar todo ese horror para poder seguir una vida normal sin tantas muertes en la memoria, porque eso no deja vivir.

-¿Qué mensaje quisiera que deje su historia?
Lo que siempre les digo a los jóvenes es que cuiden la democracia, porque, aunque es un sistema imperfecto, es el único que impide que haya barbaridades como las que pasaron durante el Holocausto.

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